
En cualquier sitio que estoy
no consigo reconocerme,
extraviado en el camino que desciende,
pierdo la ruta,
detrás de un millón de miradas,
de falsas sonrisas,
de melodías que antes no existían,
de interrupciones alrededor de nada,
de buenos días que repite el espejo,
de buenas noches que susurra
la penumbra de una habitación vacía.
Percibo mi falta en la otredad de no hallar nada,
de percibir la noche como un dolor de articulaciones,
como un invierno hecho cansancio,
con la saciedad de mil hambres,
cuando la hiperactividad es un espasmo
que se ciñe melódicamente,
una rabia póstuma,
la negación que se muestra
por encima de todas las noches
que te he imaginado a mi lado,
despertando el sueño con un abrazo
repitiendo el mismo amanecer,
su cansancio y desesperación,
su andar a ciegas en azoteas,
con variables y oportunidades,
para hallarte en algún punto de mis existencias
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