I
Un lamento resuena tres veces
en las fisuras de la mirada,
se desgarra en constelaciones;
una palabra en la luna se tatúa,
el llanto de una salamandra
se gesta en el fuego, en el interior
de un minusválido corazón.
Me reconozco en la palidez
de aquél que me observa en el espejo,
le inundo su tristeza con silencios.
La voz es el espejismo
de todos los conceptos;
se filtra sutilmente,
se vuelve una invocación
de las quimeras que habitan
los resquicios del armario.
Lo he visto todo,
la agonía de las ola,
la bruma cobijando
el arribo de un amanecer,
la metrópoli ardiendo en celo
a través de las ventanas,
y tu desnudez que humedece
la noche en mi ceguera.
Un luminoso anuncio
me indica el consumo a seguir;
tantos rostros
que se confunden desfigurados,
tantos pasos que he desandado
y que no me llevan a ningún lado;
el engaño trae un ramo de flores
en sus cansadas manos.
Llevo siete siglos
entre páginas olvidadas,
entre melodías reiteradas,
en espera de una señal
que me invite a ser
yo mismo.
II
Nos hemos llenado
de bruma los labios,
esparcimos ondulantes quimeras
en el desvelo,
llevamos el placer
de la sangre en el ayer
dónde fuimos espuma,
alas heridas,
marea nocturna.
Con nuestro fatigado vuelo
ensombrecemos el rostro de la luna,
sudamos la noche
enceguecidos por el oleaje
de nuestros ausentes cuerpos,
nuestro sueño
nos deja desnudos en el invierno,
nos vuelve desvelo;
dónde nuestra piel
es sal que frente al tiempo
se humedece y se vuelve niebla,
un lenguaje de fuego
en la soledad del alba.
Basta ya
de derrochar frases al viento,
de arrojar áridas metáforas;
estamos solos
y en ficticias penumbras
nos refugiamos;
en un laberinto
sin míticos anhelos.
Tomemos el deseo
en nuestras vacías manos,
abandonemos todo,
el temor, el rencor,
la memoria, el lenguaje;
entreguémonos al idioma de los parpados
ahora que aún nos queda
un segundo
para llenarnos
de silencio.
III
Reiterados encuentros nos hemos suscitado,
regurgitando el sonido en ésta ausente estepa;
en este paraje la palabra es un olvido permanente
que de humo se alimenta,
una santa cabeza de perra revuelta.
Somos sombras gestadas en si mismas,
el extravío de un instante,
una intangible luz que se desperdicia
bajo la niebla artificial del desvelo.
No recuerdo el sabor de mi voz,
el matiz de las múltiples horas
reflejadas en el graffiti,
tatuaje de la reticente razón.
Un cálido lenguaje nos recorre
la oscura piel del insomnio, los sentidos inertes,
lisiados e imperturbables;
de su existencia beben el zumo,
se empapan en una lluvia de arena.
No existe un recuerdo perfecto,
siempre se reviste en soledad, en vacío,
de la nada se atavía
para sutilmente despojarse de los sueños,
presto a saltar nuevamente al precipicio.
Un labio ciego espera por mí,
una sentencia, un inválido verso,
taciturno emblema de lo que somos;
me olvido, no existo en ésta habitación
dónde tu cuerpo se despoja de luz,
sobre mis hombros el polvo despierta,
solloza,
grita,
estalla
y es silencio.
Nací muerto y guarde la bruma en los labios,
me asfixie en calles y plazas,
en las cavernas de la conciencia,
abrazando esta oscilante cordura abrí los ojos
y me supe, reconocí los días y las noches,
mi rostro carente de gestos,
fui penumbra,
fui niebla,
fui espuma,
y a partir de ahora
tan sólo soy desierto.
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